niño en el campo

¿Cómo pueden afectar las experiencias infantiles en nuestra vida?

Si por algo se caracteriza la etapa de la infancia es por la intensidad y la vulnerabilidad con la que se vive. Así pues, las experiencias que tenemos durante esos años adquieren una gran importancia, no solo en la niñez sino también en la edad adulta pudiendo condicionar nuestra forma de sentirnos, pensar y actuar. Es por ello por lo que las experiencias traumáticas infantiles se convierten en momentos claves para el individuo.

Pero ¿qué es una experiencia traumática?

 Un trauma, ya sea vivido en la infancia o en la etapa adulta, es una experiencia de amenaza o estrés, que genera en el individuo la sensación de incapacidad para asumir o manejar la situación en la que se encuentra ya sea por un peligro real o potencial. Cuando hablamos de adultos, solemos pensar en los casos más extremos como los accidentes de coche, los abusos sexuales o los fallecimientos inesperados. Sin embargo, cuando hablamos de niños, nos resulta más fácil vislumbrar los traumas más sutiles como el no haber tenido afecto, no haber sido visto o haber vivido situaciones familiares complejas.

Acontecimientos potencialmente traumáticos

Algunas de las experiencias que son especialmente dañinas en la infancia (aunque también lo pueden ser en la edad adulta) son las siguientes:

  • Accidentes.
  • Situaciones de violencia, discriminación o rechazo tanto en el seno familiar como en el colegio. Se incluye el maltrato físico, verbal y psicológico tanto hacia uno mismo como entre miembros del grupo, por ejemplo, la violencia física entre los padres o hacia un hermano.
  • Duelo o pérdida de un ser querido de forma repentina.
  • Separaciones o divorcios que no respetan las necesidades de los niños.
  • Experiencias en familias desestructuradas: disfunciones familiares (abuso de drogas o alcohol por parte de los padres, falta de normas en el hogar, etc.)
  • Negligencias de los progenitores, es decir, falta de cuidados básicos y de atención, falta de apego con los padres o abandono.
  • Abusos sexuales.
  • Enfermedades médicas repentinas.
  • Desastres naturales o situaciones causadas por el ser humano: terremotos, guerras, inundaciones…

De esta forma, el trauma se entiende como una o varias experiencias que generan un choque emocional en la persona, produciéndole una herida en el inconsciente que tiene consecuencias en sus creencias, emociones y sensaciones de forma duradera.

¿Qué síntomas nos ayudan a identificar si tenemos eventos traumáticos de nuestra infancia?

La mayoría de las veces, los síntomas se reflejan en el ámbito emocional. Algunas personas que han estado expuestas a estas situaciones desarrollan mucha frialdad emocional, convirtiéndose en personas distantes, frías y poco empáticas. Otras, sin embargo, desarrollan patrones de dependencia, convirtiéndose en personas muy sensibles y susceptibles al juicio social.

A pesar de que pueda parecer fácilmente identificable, uno de los mayores problemas ante estas experiencias es que estas heridas se suelen tapar de forma inconsciente, llegando incluso a olvidarlas para que dejen de doler. Pero esto no significa que desaparezcan. De hecho, siguen marcando nuestra forma de ser, aunque no tengamos conciencia de ellas.

Así pues, los síntomas predominantes están relacionados con la falta de control emocional, de seguridad y de autoestima que puede derivar en muchas psicopatologías. También son característicos los estados depresivos o ansiosos, la evitación emocional, los miedos o fobias irracionales, las somatizaciones físicas, las alteraciones del sueño, la inhibición social, los problemas de memoria y concentración, los trastornos de conducta alimentaria, las ideas distorsionadas sobre el mundo y uno mismo.

Pero….  ¿Por qué si muchas personas tienen estas experiencias no todas sufren las consecuencias que se derivan de ellas?

Tal y como hemos explicado, las experiencias traumáticas están relacionadas con sensaciones de la persona, es por ello por lo que se vuelve tan subjetivo.

Hay personas que, a pesar de haber vivido algunas de estas situaciones, han conseguido procesarlas de forma adaptativa y que esto no les haya influido en su presente con sensaciones, creencias o sentimientos limitantes. Sin embargo, otras no tienen esta suerte. Algunas de las razones que pueden contribuir a que estas experiencias no se puedan procesar tienen que ver con las circunstancias y con el momento evolutivo del individuo: la falta de recursos en el momento del suceso, bien por ser demasiado pequeño o por el momento en el que se produce; la espontaneidad y sorpresa del evento que pude producir un estado emocional de shock; estar ante una situación que pone en peligro su vida o la de personas cercanas; tener estas experiencias de forma repetida y continua durante un período de tiempo determinado o varias experiencias relacionadas con diferentes ámbitos de su vida.

¿Qué podemos hacer si nos sentimos identificados?

Lo ideal es poder afrontarlo durante la niñez ya que, si conseguimos identificarlo y repararlo a tiempo, podremos evitar todas las consecuencias posteriores. Sin embargo, esto no siempre es posible por lo que el poder detectarlo en el caso de los adultos nos podrá permitir intervenir sobre ellos y solucionar los problemas ya existentes.

Si has reconocido alguno de estos síntomas en ti o conoces a alguien que le pase, en Cláritas podemos ayudarte. Nuestros profesionales cuentan con formación específica para abordar esta problemática, facilitando a las personas herramientas que les permitan cicatrizar estas heridas de forma sana y puedan disfrutar de un futuro sin síntomas ni tiritas.

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