Diagnósticos, ¿ayudan o etiquetan?

El diagnóstico psicológico se cimenta sobre el análisis e interpretación que realiza un profesional de la salud mental para evaluar si una persona sufre un determinado trastorno o condición. Por ello, un diagnóstico intenta recoger ciertos síntomas o formas de funcionamiento interno con el fin de introducirlos en un marco general más simplificado.

De este modo, los diagnósticos sirven para ordenar el caos de la complejidad humana, generándonos la sensación de control que surge de poder poner un nombre concreto a lo que sucede. Siendo así, los diagnósticos surgen como resultado de la necesidad humana de poder encontrar sentido a lo que vivimos y contarnos a nosotros mismos lo que está pasando.

Los diagnósticos son por este motivo una herramienta útil en la comunicación entre profesionales, ya que contar con una etiqueta diagnóstica puede facilitar en gran medida el proceso de transmitir el grado de sufrimiento que experimenta la persona. Cabe destacar que, aunque resulte útil como primera aproximación al individuo, se trata de un diagnóstico meramente descriptivo que no recoge la forma única de estar en el mundo de la persona que lo sufre.

Los diagnósticos intentan aunar de una manera simplificada aquello que es, en sí mismo, profundamente complejo: la manera en la que una persona específica se organiza internamente en contacto con su ambiente externo. Siendo así, resulta evidente que un diagnóstico no puede acoger la riqueza única de una persona: las experiencias que ha vivido y dan forma a su historia, cómo ha aprendido a vincularse, sus mecanismos de adaptación y de defensa, su manera de relacionarse consigo misma o cómo está construido su autoconcepto.

Asimismo, y en relación con esto último, hay que tener en cuenta el impacto que puede tener el diagnóstico sobre la persona que lo recibe. Hay personas que pueden beneficiarse de recibir un diagnóstico, ya que les permite legitimar lo que están viviendo y seguir dando pasos hacia lo que necesitan para sentirse mejor. Por otro lado, hay personas que, al dar una forma tan concreta a su sufrimiento, pueden ver paralizada su capacidad de movimiento y verse ancladas en la vergüenza o la pena provocadas por el estigma. Por ello, es importante tener en cuenta las necesidades de cada persona y emplear un diagnóstico sólo si cumple la función de ayudar a entender qué le sucede, de manera que pueda empezar a normalizarlo.

Y es que, lamentablemente, los diagnósticos psicológicos están hoy en día muy impregnados de prejuicios. Esto dificulta que las personas que los reciben puedan vivirse positivamente y provoca que muchas veces surjan sentimientos negativos hacia sí mismas, así como pensamientos y comportamientos auto discriminatorios. En relación con esto, cabe hacer de nuevo hincapié en el hecho de que los diagnósticos no pueden recoger la totalidad de un ser humano, se trata de una forma resumida de aproximarse a una realidad muy compleja.

Finalmente, señalar de nuevo que lo central del tratamiento siempre debería ser la persona y su historia, no sólo la dificultad de la que habla el diagnóstico. Los síntomas que experimenta cada persona son el resultado de todo aquello que ha vivido y, aunque puedan resultar similares a los de otra, no hay que olvidar jamás que las causas pueden ser muy diferentes.

Se trata pues de un debate muy complejo en el que confluyen factores diferentes, que dificultan dar una respuesta en cuanto a si los diagnósticos suponen una ayuda o una etiqueta. En cualquier caso, y aunque pueda resultar redundante, es imprescindible tener en cuenta a la persona y no perderla nunca de vista en la neblina generalizadora que, a veces, puede suponer el diagnóstico psicológico. Si esto se tiene presente en el trabajo terapéutico y en la comunicación entre profesionales, los diagnósticos psicológicos pueden ser una herramienta que facilite el tratamiento multidisciplinar. El cual es necesario a la hora de movilizar recursos externos, como sanitarios o educativos, de cara a poder cubrir correctamente las necesidades que las personas puedan tener.

Con todo, no entender por qué nos sentimos como lo hacemos o lo que está pasando en nuestro interior, puede ser muy difícil. Si te encuentras en una situación de mucho sufrimiento psicológico y no encuentras respuestas o conoces a alguien que lo pueda necesitar, en Cláritas estaremos encantados de acompañarte en el viaje del autoconocimiento para poder sentirte mejor.

Sandra Zubillaga de Diego

Sandra Zubillaga de Diego

Psicóloga especializada en terapia humanista y TFE con adultos.
Graduada en Psicología por la Universidad Autónoma de Madrid. Ha realizado el Máster en Psicología General Sanitaria y el Máster de Especialización en Psicoterapia Humanista-Experiencial y Terapia Focalizada en la Emoción en la Universidad Pontificia de Comillas. Además se ha formado en el acompañamiento a personas en situaciones de duelo y pérdida, de violencia de género y en el ámbito de la diversidad funcional cognitiva.