¿Por qué me siento así de triste?

Hay multitud de factores que están detrás de la tristeza del ser humano. Los psicólogos huimos de explicaciones reduccionistas que buscan plantear las problemáticas desde una única causa.

La tristeza es una emoción. No es algo de lo que podamos huir. Es imposible no sentirse triste en algunas ocasiones. De hecho, al igual que todas las emociones, en su justa medida es adaptativa. Podemos aprender mucho de ella si sabemos escucharla. ¿Se os ocurre para qué puede servir?

Desgraciadamente, vivimos en una sociedad en la que nos viene muy mal experimentar sufrimiento. No encaja en nuestro día a día. Necesitamos resultados inmediatos y, muchas veces, fruto de las comparaciones, nos exigimos sentirnos bien en todo momento.

Plantearnos una vida sin sufrimiento implica ideales demasiado ambiciosos. No me atrevo a decir la palabra imposible, pero me gustaría. Dada esta realidad, lo mejor que podemos hacer es aprender a gestionar ese sufrimiento.

Ahora bien, si llega el momento en que la frecuencia, intensidad y duración de estos episodios de tristeza superan los límites esperados, de forma que empiecen a interferir notablemente en nuestra vida, sí que estaríamos ante un problema.

A la hora de explicar cualquier problemática, desde Cláritas partimos de un modelo bio-psico-social. ¿Y qué significa esto? Pues que cualquier trastorno o malestar por el cual una persona puede acudir a terapia, se debe a la interacción de un conjunto de factores biológicos (ej., enfermedad), psicológicos (ej., habilidades de afrontamiento para situaciones estresantes) y sociales (ej., pobreza).

En este artículo, para explicar unas de las razones por las que podemos sentir una tristeza demoledora, nos vamos a centrar en un factor psicológico muy reconocido por la evidencia científica: el estilo de interpretación de la realidad.

Este factor, será en muchas ocasiones, uno de los objetivos fundamentales de muchas intervenciones terapéuticas. Pero, ¿de qué se trata?

Para entender este concepto, reflexionad antes sobre la siguiente pregunta: ¿son las situaciones que nos acontecen las causantes directas de cómo nos sentimos y de cómo actuamos?

La respuesta es no. Entre medias está nuestra forma de interpretar la realidad. Es decir, nuestro estilo de interpretar lo sucedido condicionará nuestra forma de sentirnos y de actuar en consecuencia.

Cada persona tiene un estilo diferente. La pregunta es: ¿podemos cambiar la forma de pensar de una persona? Estamos ante una pregunta algo tediosa. Por un lado, los pensamientos no son algo que podamos controlar. Basta con proponernos no pensar algo, que lo pensaremos mucho más que antes de intentarlo.

Sin embargo, sí podemos tomar conciencia de sesgos o distorsiones que cometemos a la hora de leer la realidad. Todos las tenemos; pero unos más que otros. Solo con identificarlos y ser conscientes de cómo nos condicionan, ya es un avance.  El siguiente paso es, sin intentar controlar el pensamiento, tomar cierta distancia y darle la categoría que se merece: la de un pensamiento. Es decir, considerar nuestra interpretación como una hipótesis más y no como la realidad. A no ser que tengas la oportunidad de demostrar su veracidad.

Se te sientes muy triste y consideras que está afectando a tu vida, identificar patrones en tu manera de leer la realidad y empezar a ser consciente de cómo te condicionan tus pensamientos impregnados de distorsiones, es el primer paso hacia una buena dirección.

A continuación, os presentamos algunas de las distorsiones más comunes:

  • Filtraje de la información: Cuando valoramos una situación en base a uno de sus múltiples detalles: “Me he sentido muy incómodo en la cena. No aguanto que hable de su ideología.”
  • Generalización: En base a una situación en concreto, concluimos de manera global sobre algo o alguien: “Estoy harto. Siempre me hablas fatal”
  • Pensamiento extremo: Consiste en valorar y definir lo que ocurre yéndose al extremo: “He suspendido el examen. Soy un inútil
  • Lectura del pensamiento: Cuando tendemos a “adivinar” cómo puede sentirse o pensar una persona sin ningún tipo de pruebas. “Sé que se ha aburrido esta noche. Lo he notado en cómo me miraba”
  • Personalización: Consiste en atribuir lo ocurrido en el ambiente con nosotros mismos: “Hoy la jefa estaba de mal humor. Seguro que ha sido por eso que dije en la comida”.
  • Catastrofismo: Consiste en asumir nuestro futuro en términos muy catastróficos. “Seguro que me contagio de COVID y me muero
  • El “debería”: Cuando utilizamos la palabra “debería” en exceso sin darnos cuenta de lo que implica. “Debería ser más feliz”.

Estas distorsiones pueden resultar muy dañinas cuando condicionan en exceso nuestra lectura de los sucesos y cuando asumimos que esas interpretaciones son la realidad absoluta; sin siquiera pararnos a pensar que son una hipótesis más.

Si consideras que últimamente te cuesta gestionar el malestar por ti solo, recuerda que pedir ayuda muchas veces es parte de la solución. Puede que la terapia sea el recurso que estás buscando. Si te animas, puedes contactar con el equipo de Cláritas. ¡Suerte!

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Carlos Sánchez Polo

Carlos Sánchez Polo

Psicólogo especializado en niños, adolescentes y población joven
Carlos Sánchez Polo, graduado en Psicología en la Universidad Autónoma de Madrid. Psicólogo General Sanitario en la Universidad de Comillas y especializado en Terapia Cognitivo-Conductual en población Infanto-juvenil. Experiencia en diferentes clínicas, en el ámbito escolar y colaboración como terapeuta en programas de reinserción de hombres penados por delitos de Violencia de género.